Anêi era una niña alegre, traviesa pero obediente, siempre sonriente, generosa pero sobre todo era curiosa y soñadora.
Vivía en su aldea, se levantaba al despuntar el alba y se acostaba antes de que se pusiese el sol, pues los miedos ancestrales, que continuaban detrás de las leyendas de la aldea, se habían convertido en rutinas. Anêi no conocía la noche por temores de las gentes de la aldea.
Un día, debido a su gran curiosidad, se perdió en el bosque cercano a la aldea porque había estado persiguiendo preciosos animales de hermosos colores para saber qué eran.
El sol se escondió justo en el momento en el que ella entraba en un claro del bosque. Anêi, empezó a asustarse, pues nunca había vivido así de cerca la oscuridad, pero rápidamente se dijo que debía ser valiente y encontrar el camino de regreso a casa. En cuanto tomó esa decisión y levantó la mirada hacia el cielo descubrió algo que la dejó maravillada. Cientos, miles, millones de puntos luminosos decoraban esa oscuridad a la que tanto temor había en su aldea.
Dentro de Anêi volvió a despertarse esa curiosidad, se pasó largo rato mirando esos puntos luminosos, había uno especialmente brillante, parecía hablarle y dirigirle hacia algún lado. Decidió hacer caso a ese susurro y se puso en marcha siguiendo ese pálpito. Cuando empezaba a levantarse el sol, Anêi apareció en la aldea.

Anêi contó lo ocurrido en la aldea, nadie le creyó, pensaron que la oscuridad se había introducido en ella, y empezaron a tratarle de un modo diferente.
Ella por su parte se volvió más taciturna y se prometió a sí misma encontrar esa voz que le había guiado en la oscuridad y descubrir el secreto de esos puntos luminosos para agradecerles su vuelta a casa.
Por otra parte sus padres la castigaron duramente por desobedecer una de las reglas más importantes de la aldea. Pasó muchos años vigilada constatemente, pero eso no evitaba que en las noches más oscuras Anêi lograse asomarse por alguna ventana y volver a ver sus puntos luminosos.
Anêi creció y al final se vió liberada de su castigo, pero obligada a tener qué decidir que era lo próximo que iba a hacer con su vida, pues debía buscar una casa, un marido y una ocupación para ser parte de la aldea como miembro productivo.
El día anterior a tomar su gran decisión a Anêi le volvió a surgir la gran oportunidad de volver al bosque. Recordaba perfectamente el camino hacia el claro del bosque y volvió a llegar en el mismo momento en el que el sol se ocultaba. Había algo diferente, Anêi lo notaba, pero no lograba identificarlo del todo; era otra vez un murmullo, como una voz que le llamaba.

-¿Quién eres?-,preguntó Anêi.
-Perdona, no quería asustarte. Soy Fez, el Guardian de tus Sueños- De entre los árboles apareció un duende que se le acercó a Anêi.
-¿guadian de sueños?¿y eso qué es?-, la curiosidad de Anêi pudo más que su miedo y esto sorprendió a Fez, acostumbrado a tener que apaciguar a sus guardados durante casi toda la noche.
-Vaya, nunca me lo habían preguntado. Verás, soy la esencia de tus sueños, los guardo para que nunca los pierdas. Y en días como hoy, cuando has de tomar una decisión, aparezco para recordarte que tienes un sueño, un gran sueño y que si de verdad lo intentas podrás conseguirlo. Eso soy yo-
-¿mis sueños?-, Anêi se acordó de sus puntos luminosos,- pero, eso es imposible, si no me voy de mi aldea jamás podré lograr mi sueño-
-Lo sé, por eso he venido hasta aquí. Llevo años guardando tus sueños y sabía que tú lo buscarías. Por eso quiero ayudarte. Tienes que ir a las Montañas Azules y encontrar al Guardian de las Estrellas- le respondió Fez.
-¿Estrellas?,¿qué son las estrellas?- le preguntó Anêi.
-Tus puntos luminosos, Anêi. Se llaman estrellas y como tú también tienen a alguien que las guarda. Y ahora adios-.
Anêi nunca recordó cómo llegó del claro del bosque hasta su casa, pero a la mañana siguiente empaquetó sus pocas pertenencias, se despidió de su aldea y de sus gentes, los cuales respiraron aliviados por alejar la oscuridad de sus casas.
Con sus padres lo tuvo un poco más difícil, le costaba mucho separarse de ellos, así que al final les prometió que volvería en cuanto hubiese descubierto su sueño.

Fueron días de duro viaje por caminos desconocidos, pero saber que ese camino le conducía hacia su sueño hacía que disfrutase de cada paso que daba con alegría y con mucha ilusión. Además descubrió que podía aprender algo nuevo casi cada día que satisfaciese su gran curiosidad.
Cuando llegó a la última población anterior a las Montañas Azules, Anêi decidió que allí establecería su campo base, pues las Montañas eran un ancho territorio inabarcable en un sólo día.
Encontró un trabajo con el que mantenerse y vivir para en sus ratos libre dedicarse a su sueño. Compró mapas, brújulas, ropas para el clima de las montañas y aparatos extraños para poder desplazarse por ellas.(Continuará...)
(*) La primera y tercera viñeta están sacadas del libro "Princesas Olvidadas o desconocidas" de Philippe Lechermeier.